The Artist (The Artist, Michel Hazanavicius, 2011)

Sí, es cierto. Una película francesa, muda (casi totalmente), en blanco y negro, y presentada en pantalla en el formato 4:3 ha sido la más premiada por la industria del cine y aclamada por la crítica en el año 2012.

Enumeramos los premios más significativos,  en orden cronológico de recepción.

Mejor actor en el Festival de Cannes (Jean Dujardin) de 2011.

6 nominaciones en los Globos de Oro, recibiendo tres: Mejor película de comedia o musical, mejor banda sonora y mejor actor de comedia o musical (Dujardin)

12 nominaciones en los BAFTA, recibiendo 7: entre ellos, película, director (Hazanavicius), actor (Dujardin) y guión original

10 nominaciones en los Premios de la Academia, recibiendo 5:  película, director (Hazanavicius), actor (Dujardin), música y vestuario. El resto de nominaciones fueron: actriz de reparto (Berenice Bejo), guión original, dirección artística y fotografía.

Se ha dicho de The Artist que es una muestra de amor al cine. Eso es obvio, aunque más sencillamente, estamos ante una historia de amor, entre gente que hace cine. El momento en que tiene lugar (a finales de los 20 y principios de los 30) es el argumento de fondo; esto es, cuando las viejas glorias del cine mudo han de dar paso, casi de manera forzosa e inevitable, a los nuevos valores del cine hablado.

Michel Hazanavicius escribió un guión bastante sencillo, tomando como base otras muchas historias, films y documentos hallados, de aquella época de transición y crisis en la meca del cine.

A estas alturas, casi todos sabemos de la innovación que supuso la introducción del sonido en las películas. Millones de personas iban al cine en los años 20 (y posteriormente, en los 30, pese a la Gran Depresión) y adoraban a los gesticulantes y guapos actores, que vivían unas vidas de riqueza y despreocupación, o que se adentraban en peligrosas aventuras, que la mayoría quisiera vivir en carne propia.

En este contexto, surge una nueva técnica que permite, además de ver a los actores, oírles. Y el público la acogió de maravilla, casi al instante. Esto rodujo todo un vuelco en la forma de hacer cine. Desde los aspectos técnicos (luces, posiciones de cámaras, ahora posiciones de micrófonos…) hasta los más artísticos (forma de dirigir, cambio en las historias -ahora más centradas en los diálogos- y cambio en la manera de actuar), todo cambió.

De la noche a la mañana, decenas de grandes estrellas y artesanos del cine mudo, debieron digerir la novedad, hacerse a los nuevos tiempos. En el caso de los directores o de los guionistas, esta transición fue soportable y, vista con la perspectiva del tiempo, incluso saludable (pensemos en Ford o en Hitchcock, a los que el sonoro les depararía grandes obras maestras). En el caso de los actores, el cambio  fue más traumático, llegando a quedar, muchos de ellos,  en el más inhumano de los olvidos.

Una de ellas, nuestro protagonista, se llama George Valentin (Jean Dujardin). En 1927 está de estreno de su último film, A Russian affair. Vive la vida de las estrellas de la época: una mansión, muchos trajes, mucho lujo, coche y chófer, y esposa “acomodada”, Doris (Penelope Ann Miller), además de la prensa y el público a sus pies.

Entre ese público, una de esas personas desconocidas y admiradoras del actor protagonizará una escena, de manera involuntaria, pero clave en el devenir de sus vidas.

Empuja, sin querer a la estrella, entre el tumulto de admiradoras. Este, ante el estupor de la prensa, reacciona de manera positiva, riendo la ocurrencia de la situación. Ella, una chica joven, guapa y risueña le sigue el juego.

El problema es que ambos, la estrella (George) y la desconocida, Peppy Miller (Berenice Bejo) quedan retratados para la posteridad en los periódicos, con un beso de ella en el rostro de aquél.

Esto ocasionará un doble disgusto: a la esposa de George, quien ve que su matrimonio está yéndose al traste, y al productor de los estudios Kinograph, responsable de los éxitos  de George, Al Zimmer (John Goodman), que irritado, ve su estreno relegado en importancia ante la noticia del posible “affair” de su estrella con una desconocida.

A continuación, contemplamos el empujoncito de George a la inédita trayectoria de la chica en Hollywood. Su gracia, desparpajo y vitalidad harán el resto. Ascenderá poco a poco, en el escalafón de los actores, hasta llegar a protagonizar sus propios films.

George, por su parte, descreído de las nuevas tecnologías, se aferra a lo que sabe y le ha dado éxito. Si el estudio ya no quiere hacer películas con él, pues él se encargará de producir, dirigir e interpretar su propio proyecto. Para ello, desembolsa una suma muy elevada de su patrimonio, aunque el golpe definitivo a su destino se lo da la Bolsa de Nueva York, a finales de octubre de 1929, cuando el famoso hundimiento de muchos valores de compañías importanes que se van a la quiebra.

George tenía invertido gran parte de su riqueza en esos valores, y se van al traste. Además, su película ya no atrae a casi nadie, lo que le lleva a la ruina. No es el caso de es a chica a la que conoció cuando no era nadie (a la que él mismo “inventó” su seña de identidad, el lunar), Peppy Miller que ya es una estrella de las películas “que hablan”, y cuyos estrenos exitosos se suceden rápidamente.

Una historia de fracaso y marginación, de admiración, compasión y amor, y también, de nuevas esperanzas e ilusiones en el nuevo horizonte que se divisa en el Hollywood de las grandes estrellas, donde los sueños se hacen realidad.

El nivel general de las interpretaciones es muy notable, aunque la sencillez de la historia, focaliza la atención del espectador en la pareja protagonista, perfectamente elegida.

Jean Dujardin está encantador. Su orgullo es natural. Ha sido grande y ya no lo es. La ternura que desprende en los momentos bajos, es realmente hermosa. Su sonrisa cautiva a la cámara y al espectador, al que ama el cine.

Su química con la protagonista es  realmente elogiable. Se compenetran a la perfección. Además, su relación tan especial con el perro, protagonista de sus films, Uggie, es sorprendente.

Berenice Bejo también nos atrapa. La vitalidad, la dulzura y simpatía que nos muestra avala la calidad de su interpretación. Los mejores momentos de drama y de ternura del film son de su autoría. Es guapa, pero con una belleza muy especial, que la hace única: que la hace estrella. Habrá que seguir con atención sus próximos proyectos.

John Goodman está espléndido. Aparece como un valor seguro. Cumple a la perfección el papel del “mandamás” del estudio, responsable de todo y “lidiador” de estrellas y sus egos.

Los tres personajes, espléndidos en cualquier caso, se inspiran claramente en la película Cantando bajo la lluvia.

Otras actuaciones a recordar:

El perro Jack, como Uggie. Sus entrenadores tienen el cielo ganado. No sólo por la química con el protagonista (que da momentos de gran comicidad), sino por ser la “estrella” de momentos de drama vitales en el film. Lo irónico (aunque no creo que suceda) es que pudiera llegarse  a recordar el film más por el perro que por los intérpretes de carne y hueso.

Clifton, el leal chófer y mayordomo de George, interpretado con gran honestidad por James Cromwell.

En el aspecto técnico, estamos ante un film de muy notable factura. La fotografía, es lo primero que nos atrapa.Un homenaje al cine de la época, debía hacerse en blanco y negro. Conecta, además, muy bien con la sencillez de la historia. Nos traslada a aquellas hermosas películas de Chaplin y otros genios de la época. Guillaume Schiffman es su responsable.

Ludovic Bource, por su parte, dirige la música del film, compuesta por hermosas melodías, que realmente actúan de sonido de la película (al ser muda) adquiriendo un protagonismo poco habitual en el cine contemporáneo. El ritmo y la tensión narrativa depende sobremanera de esta música. El resultado es espléndido.

Destaca, como todo el mundo sabe (por la polémica con Kim Novack), el tema “Escena de amor”, que Bernard Hermann compuso para la obra maestra de Alfred Hitchcock, Vértigo (De entre los muertos). A pesar de todo lo escrito y hablado al respecto, hay que señalar que se trata de otro respetuoso homenaje a los grandes del cine de todos los tiempos. Su inclusión va perfectamente con el clímax que se produce en las escenas a las que acompaña. Como dije ante, en este film (mudo), adquiere un elevado protagonismo, lo que remarca la alta estima del director y todo el equipo responsable del apartado musical, respecto a Hermann y su composición.

El vestuario y los sets y decorados en que se mueve la historia (mansiones, estudio de cine…) también contribuyen notablemente a vivir aquella época al espectador.

Y el montaje del propio Hazanavicius, junto a Anne-Sophie Bion, nos hace muy fácil su visión. Más allá de algunas escenas “espectaculares”, como el sueño del protagonista (más bien, pesadilla)

o la carrera “salvadora” del canino, lo más notable es que sin estridencias, asume su cometido: simplemente, servir a la historia de amor.

Calificación: 9, 50.

 

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