Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, John Ford, 1940)

John Steinbeck (nacido en Salinas, California) es uno de los más grandes protagonistas de la literatura norteamericana del siglo XX. Entre sus muchos galardones, figuran el Premio Pulitzer o el Premio Nobel de Literatura, recibido en 1962, por el conjunto de su estimable obra, aunque sobre todo, por la creación de esa maravilla de novela  titulada Las uvas de la ira, publicada en 1939.

Al parecer, Steinbeck se apoyó en su elaboración, en diversos artículos de prensa de los años de la Gran Depresión (década de los 30 en EEUU) que él mismo había escrito, relativos a las dificultades de los campesinos de diversos estados del país que, sin tierras que trabajar, tuvieron que emigrar al Oeste.

El libro, que se convirtió en best-seller ese año, con cientos de miles de copias vendidas, consiguió ser recompensado con el Pulitzer en el apartado de novela en 1940.

Dada la polémica que suscitó (había muchos detractores que lo consideraban un mero panfleto comunista), también en Hollywood tuvo dificultades para ser vendido.

Louis B. Mayer, rechazó la compra de sus derechos en la MGM. Esto provocó el interés de Darryl F. Zanuck (el jefazo de estudio de la Fox durante décadas) que, a pesar de su tendencia conservadora (votaba siempre al Partido Republicano) olía como pocos el futuro éxito y nada ni nadie podía disuadirle en el empeño.

Compró los derechos de la novela por una suma “con muchos ceros” para la época (algo así como 250.000 dólares) y encargó el proyecto de dirigirla a John Ford (tras su prolífico 1939 con La Diligencia, El joven  Lincoln y Corazones indomables – los dos últimos con Henry Fonda, como protagonista, al igual que lo sería en este proyecto).

La adaptación de la novela corrió a cargo de Nunally Johnson (quien al año siguiente, volvería a repetir trabajo y éxito, con Ford, en La ruta del tabaco), que recibió a cambio una nominación en los Premios de la Academia de 1940.

La historia del film es la de una familia, los Joads, que, como otras muchas que viven y trabajan del campo, sufren los reveses de la gran crisis económica y las grandes sequías que azotaron más de 30 estados del país, en la Gran Depresión,  y que les deja sin tierras (los bancos se apropian de la hipoteca, imposible de pagar) y con la necesidad de emigrar en busca de un futuro mejor para la extensa prole.

Tom Joad (Henry Fonda) acaba de salir libre, aunque de manera condicional, de la penitenciería estatal de Oklahoma. Cumplía condena por matar a un hombre, y ahora se dirige a casa.

Por el camino, se encuentra a Jim Casy (John Carradine), el cura que le bautizó, pero que ahora ya no lo es. Su debilidad con las mujeres y su pérdida de vocación, tras la grave crisis que les afecta, tienen la culpa.

En su compañía llegan a casa, donde ya no hay nadie. Allí reciben la visita de Muley Graves (John Qualen), un vecino de los Joad que le pone al corriente de las noticias: Su familia, como la suya y la de otros muchos de la zona, ha perdido su casa. El banco se ha apoderado de la hipoteca y pretende que abandonen sus tierras.  Ahora están en casa de su tío John (Frank Darien).

Hasta allí llegan. La familia se alegra enormemente al verlo de nuevo. Creen que se ha escapado, pero Tom les cuenta que es libre.

Pa Joad (Russell Simpson), Ma Joad (Jane Darwell), el abuelo Joad (Charley Grapewin), la abuela Joad (Zeffie Tilbury), el tío John, y sus hermanos, los mayores, Al, Noah y “Rosasharn” (junto a su marido Connie Rivers, del que espera un hijo) y los dos pequeños, Winfield y Ruthie, están preparándose para irse hacia el Oeste. En California hay mucho trabajo en el campo, como dicen los panfletos que tienen.

Allí ya no hacen falta. El banco contrata a pocos trabajadores que, provistos de maquinaria, derriban las casas y trabajan la tierra. Incluso ahora que se van, vienen a “recordarles” que se tienen que ir.

Pese a las reticencias del abuelo, que no quiere abandonar lo único que conoce y al que emborrachan para que les siga, emprenden el duro y largo trayecto en un coche que hace las veces de camioneta. Les acompañará Casy.

La ruta 66 será el camino a seguir  y su “Odisea”, hasta la soleada California, la tierra de las promesas, y en su caso, de las segundas oportunidades.

En el apartado de las actuaciones, el casting, como en la gran mayoría de films de John Ford, estaba perfectamente realizado. Desde los protagonistas más importantes de la familia Joad, aquellos que acaparan más lineas de diálogo (como Tom o su madre, o el propio ex-predicador) como aquellos que menos aparecen en pantalla (como el abuelo o la abuela, o los pequeños Joad) e incluso, todos los que se encuentran por el tortuoso camino hacia California, ancianos, hombres y mujeres, niños…todos están FABULOSOS.

Obviamente, hay que destacar, por llevar el peso del film:

Henry Fonda, en la piel de Tom Joad. Recrea magistralmente a un personaje duro, por las circunstancias vividas, pragmático (en medio de la pobreza que le rodea), que adora a su familia (sobre todo, a su madre) y al que no le asusta adquirir compromisos y llevarlos a la práctica. Tom Joad es de los personajes que cambian las cosas. Recibió una nominación a los Premios de la Academia como mejor actor principal (y quizá debió ganarlo, en justicia) por este papel, que le acompañó hasta los últimos días de su extensísima carrera.

Jane Darwell, como Ma Joad es una mujer de extrema fortaleza (ella tomará las riendas de una familia que se va desintegrando a medida que transcurre el viaje), pero de enorme ternura y amor en todo lo que  pone su empeño y hacia todos los que la rodean.

Todas y cada una de sus apariciones son magistrales: con la abuela, con Tom (especialmente, recordadas son sus palabras al final del film, cuando su hijo ha de hacer “lo que debe”) o incluso, con cualquier pequeño que pasa hambre y al que le da de comer. Recibió un merecido Oscar en el apartado de mejor actriz de reparto.

Pero también, el predicador, John Carradine, borda su papel. Descreído de su fe en Dios, se compromete cada vez más, en la voluntad de los hombres por cambiar las tremendas injusticias. Su lucha será hasta el final y provocará el “cambio” en Tom.

El abuelo Joad (Charley Grapewin) en los breves minutos en pantalla, da lecciones de interpretación, en la linea de otros actores cuya interpretación desborda una naturalidad extrema (como Walter Brennan). Su gran humor, sus desvaríos (propios del que va perdiendo la cabeza por la edad), su cabezonería y su tremendo amor por la tierra que le vio nacer son realmente conmovedores. Repetiría con Ford, en La Ruta del Tabaco.

Incluso, los pequeños Joad, Ruthie (Shirley Mills) y Winfield (Darryl Hickman, que más tarde protagonizaría al hermano pequeño de Cornel Wilde, en Que el cielo la juzgue)) aportan ese extraño sentido de la inocencia y la alegría de vivir, en medio de la absoluta depresión que invade todo el camino.

En el apartado técnico, el conjunto es meritorio, también. Destaca por encima de todo:

la magistral fotografía del genial Gregg Toland. Tal vez, sea el director de fotografía que mejor haya tratado el blanco y negro en la gran pantalla. Aquí también se luce con los planos nocturnos, las sombras y las luces en medio de la oscuridad.

Su retrato del camino es realmente impactante y real, casi como un documental.

la excelente música de Alfred Newman, que tanta gloria diera a la Fox durante los 40 y 50. Aquí su trabajo aporta ese calor y esa humanidad, contrapunto necesario ante lo oscuro de la historia. Su música ayuda a creer en la voluntad de los hombres por crear un mundo mejor, en el cariño a la familia y en el amor a la tierra.

el montaje de Robert E. Simpson es encomiable. No era nada fácil sujetarse a una historia larga y compleja, además de controvertida (hasta el mismo guión tuvo que someterse a algunos cambios respecto del libro original), pero el resultado final es impecable. Ni sobra ni falta metraje, y el mensaje es diáfano. Recibió la nominación en los Oscar de 1940.

Por encima de todo, y es difícil señalarlo, por las muchas virtudes que atesoran este film, aparece la mano del maestro. John Ford es el sujeto que mueve los invisibles hilos de esta película. Su dirección es de las que hicieron escuela en muchos otros grandes cineastas. Retrata, casi como él solo, la pobreza, la injusticia, la miseria de los hombres…pero también su deseo de cambiar las cosas, su alegría de vivir, el cariño y apego de la familia, como motor de todo ese posible cambio, y el enorme cariño y orgullo a la tierra y a las raíces de uno. Obtuvo un muy merecido Premio de la Academia a la mejor dirección (el segundo de los cuatro que cosechó en su carrera).

Porque Las uvas de la ira es una historia de la dignidad del individuo, por encima de todos los obstáculos que se le presenten.

También estuvo nominada a mejor película (el propio Zanuck, como jefe de los estudios) pero sucumbió ante el “hombre del momento”, David O. Selznick, que hacía un “back to back”, con Rebeca, tras Lo que el viento se llevó del año anterior. El sonido del film también obtuvo recompensa en forma de nominación en los Oscar.

Lo único “negativo” del film, si se pudiera denominar con esta palabra, es que la realidad (como constató el propio Zanuck, cuando mandó a investigar los asentamientos de trabajadores en la ruta 66), por increíble que pareciera, aún provocaba más espanto.

Calificación: 10.

 

 

 

3 opiniones en “Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, John Ford, 1940)”

  1. Pingback: Anónimo
  2. Pues lo cierto es que ni he visto la película, ni he leído la novela. No dudo de que serán interesantes, pero no sé por qué, siempre he tenido la extraña sensación de que ambas me resultarían pesadas.

    1. Yo no he leído la novela y te digo que, para nada, la película se te hace pesada. Al contrario, las dos horas pasan volando. Porque cada plano, cada diálogo es puro cine, pura magia, pura verdad, pura poesía. Seguro que te gusta. Es una obligación verla.

      Ford tuvo muchas facetas, y no sólo hacía westerns. Si uno ve Las uvas de la ira, Qué verde era mi valle, La ruta del tabaco o El hombre tranquilo está viendo a un Ford romántico, nostálgico, duro, cuando hay que serlo, pero también poético.
      A mi me ganó con estas. Aunque después he disfrutado de los westerns. Ha sido uno de los más grandes directores de toda la historia.

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