La última película (The last picture show, Peter Bogdanovich, 1971)

En 1971, Peter Bogdanovich, con apenas 31 años, dirigió posiblemente la mejor película de toda su filmografía.

La última película (The last picture show), cuyo guión firmaba el propio Bogdanovich junto a Larry McMurtry, era precisamente una adaptación de la novela del mismo nombre de este último, publicada en 1966.

McMurtry, natural de Archer City, un pueblo al norte del estado de Texas, casi siempre escribía sobre su tierra y sus gentes,  y sobre el inexorable paso del tiempo en la vida de cada uno.

Este film no es ninguna excepción. Con elementos biográficos del propio escritor texano, se nos presenta una historia de cambios, algunos naturales y otros traumáticos, en una serie de personajes, algunos mayores, otros jóvenes -básicamente en los papeles principales-, de la localidad de Anarene, al norte de Texas, a comienzos de los 50.

Un grupo de chicos y chicas, en su último año de instituto, pasan el tiempo como mejor saben: van al cine (donde algunos aprovechan para ligar con su pareja), juegan en el salón de billares o toman algo en el café del pueblo.

Curiosamente, los tres negocios corresponden a un único propietario: Sam, apodado El León (Ben Johnson), que  representa la figura paternal para varios de los chicos del pueblo.

Entre ellos, podemos destacar a Sonny Crawford (Timothy Bottoms), que a pesar de tener padre, lleva años alejado de él. Su relación con Sam es muy sólida. Sam ve en él a un chico noble, algo perdido, pero de buen corazón y trabajador. Se ve reflejado en el chico.

También está Duane Jackson (Jeff Bridges), un chico bastante popular, de aspecto campechano, que está saliendo con la chica más popular y atractiva del instituto, aunque algo caprichosa,  Jacy Farrow (Cybill Shepherd).

Duane no es mala gente, pero es algo pasota. Jacy se siente atraída por Duane, pero ni a su familia ni a la propia Jacy parece “llenarles”. Creen que merece algo mejor que lo que pueda ofrecerles Duane.

Billy (Sam Bottoms, hermano de Timothy, el protagonista)  es un muchacho bonachón, mudo y seguramente sordo, que cae bien a casi todos. Lleva años viviendo con Sam y es muy amigo de Sonny. Pasa casi todo su tiempo barriendo los negocios que regenta su “padre”, además de disfrutar como pocos en el cine en cada sesión.

Los mayores en el pueblo también tienen sus preocupaciones. Sonny y Duane están en el equipo de fútbol americano. No “dan una a derechas”. En el pueblo se lo recuerdan constantemente tras cada partido. Y eso que el entrenador Popper (Bill Thurman) les machaca a conciencia. Dedicado absolutamente a entrenar al equipo de fútbol americano, en invierno y al de béisbol, en verano, apenas tiene tiempo para estar junto a su mujer Ruth (Cloris Leachman). Debido a lo deteriorado de su relación, Ruth siempre está enferma (seguramente, deprimida).

Lois Farrow (Ellen Burstyn) ha sido muy guapa de joven y lo sigue siendo. De alguien ha debido heredar su hija, Jacy, la belleza. Casada con un rico empresario del petróleo, vive una vida con muchas comodidades, aunque se encuentra  insatisfecha permanentemente en el aspecto amoroso.

Abilene (Clu Gulager) es un empleado del señor Farrow. De mediana edad y atractivo, cumple con su patrón en horario de trabajo y con la esposa de éste, fuera de ese horario.

Genevieve (Eileen Brennan) es la camarera del café, que regenta Sam. Hace las mejores hamburguesas de la zona y se lleva de maravilla con su jefe (seguramente, mantienen una relación desde hace años). De aspecto algo envejecido y de espíritu algo derrotado por el paso del tiempo, es alguien de confianza para muchos de los chicos.

Pues bien. El film de Bogdanovich aborda lo que les va pasando a todos estos personajes, durante más de un año (entre 1951 y 1952), reflejo sin duda de los cambios producidos en el pueblo, que a su vez, simbolizan los cambios producidos en muchas otras poblaciones del país.

La tele, cada vez, está más presente en los hogares de la gente. Esto repercute muy negativamente en el cine de Anarene, el Royal Theater, que se va quedando sin espectadores, a pesar de lo excitante de las propuestas que se exhiben en la gran pantalla. Últimamente parece que sólo los jóvenes acuden con asiduidad.

Hay mujeres que, casadas, viven en soledad. Algunas mantienen escarceos amorosos, pero otras vivirán relaciones tiernas y profundas, demostrando que la edad no es impedimento para seguir amando.

Y los jóvenes, como es natural, viven todo más deprisa. Algunos irán a la Universidad, otros se quedarán en el pueblo, y alguno irá incluso a la Guerra de Corea. Se enamorarán y se desenamorarán, se pelearán por amor y volverán a reconciliarse.

En cualquier caso, y aunque nada del otro mundo haya cambiado, sus vidas ya no serán las mismas.

En el aspecto técnico destaca por encima de todo, la hermosísima fotografía en blanco y negro, de Robert Surtees. Con una espectacular trayectoria en la dirección de fotografía a sus espaldas (Quo Vadis, Ben-Hur, El graduado…), aquel año demostró que sabía retratar, como nadie, la nostalgia en pantalla. Tanto a color (Verano del 42) como en blanco y negro (La última película) nos mostró escenas de tremenda melancolía, hermosas, tiernas…

En este caso, el blanco y negro es el símbolo de una época, de un pueblo, de sus gentes, de lo que fue una vez y ya no será lo mismo. Como el cine, que exhibía lo mejor del Hollywood clásico en blanco y negro, también aquel pueblo, en su concepción original, tenía sus días contados.

También es elogiable el conjunto de canciones escogidas para el film. De todos los estilos (melódicos, country…) nos sitúa perfectamente en la época inmediatamente anterior a la irrupción del rock. Son éxitos de las listas americanas de la época.

En el aspecto interpretativo, todos cumplen de manera efectiva su papel, pero algunos de ellos (de los intérpretes) sobresalen en su cometido:

Ben Johnson está magnífico. Sam, con sus diversos negocios y su fuerte personalidad, ha sido el “padre” de muchos jóvenes del pueblo y ha ejercido una fuerte influencia en hombres y mujeres de Anarene. Su marcha marcará un antes y un después en ese pueblecito. Especialmente, hay que destacar un diálogo en el lago, con Sonny. Allí le hará una confidencia muy especial, sin duda, debido a la gran conexión que siente por el chico. En el confiará el salón de billar. Recibiría un Oscar a mejor actor de reparto ese año.

Timothy Bottoms se muestra casi omnipresente en todo el film. A pesar de su juventud, su Sonny es realmente conmovedor. La nobleza de sus gestos (véase la relación especial de gran complicidad, con Billy, a quien siempre le coloca la visera de la gorra por detrás de la cabeza),

la tristeza que nos transmite con su mirada

y la química brutal con Ruth, la esposa del entrenador, son realmente inolvidables.

Todo el tramo final, con la despedida a Duane (que se va a Corea),

con el episodio trágico de Billy (escena álgida en lo dramático del film) y con aquellas hemosísimas escenas de ternura junto a Ruth, merecen ser grabadas con letras de oro en el cine del siglo XX.

Cloris Leachman dio una lección de interpretación, como Ruth, la esposa deprimida. Es realmente magistral como se nos muestra avejentada y deteriorada (por dentro y por fuera) y en un instante, inmediatamente posterior, la vemos guapísima, radiante e ilusionada. Su trabajo mereció el Oscar recibido como mejor actriz de reparto.

Ellen Bustyn, como madre de Jacy, Jeff Bridges, como Duane, el chico impulsivo del grupo, o Eileen Brennan, como la camarera del café, también abordan con gran credibilidad sus respectivos y diferentes personajes.

La última película logró 8 nominaciones en los Premios de la Academia de 1971. Entre ellas, destacó la de mejor película, mejor director o mejor guión (aunque en las tres saliera derrotada por French connection, quizá de manera algo injusta, visto con la perspectiva del tiempo). También la extraordinaria fotografía de Robert Surtees obtuvo mención en los Oscar. En los apartados interpretativos, hubo hasta cuatro nominados:

– Como actrices de reparto, la señalada ganadora Cloris Leachman y la finalista, Ellen Burstyn

– Como actores de reparto, el mencionado ganador Ben Johnson y el nominado Jeff Bridges.

Se echa en falta, por lo muy injusto de su ausencia, la nominación en el apartado de mejor actor principal a Timothy Bottoms.

Si la película ha trascendido de manera sobresaliente en el tiempo, es debido a la extraordinaria dirección de Bogdanovich (con un presupuesto además muy limitado),

al excelente trabajo de su omnipresente esposa (hasta entonces, pues acabó por separarse y empezar una relación con la Shepherd) y productora ejecutiva del film, Polly Platt (pendiente hasta el último detalle, de todo lo que aparecía en pantalla, incluidos esos arbustos del desierto que el sempiterno viento arrastraba por todo el pueblo) y a un guión muy bien elaborado en base a una historia muy sugerente (de un gran autor, Larry McMurtry).

Pero el gran peso emocional del film recaía en los jóvenes hombros de Bottoms, y logró pasar con excelente nota tamaño desafío.

Y, finalmente, aunque suene ridículo, el viento, ese insoportable aire que constantemente asola el pueblo, y que actúa como perfecta metáfora de la erosión, lenta pero firme que el paso del tiempo causa en los protagonistas de esta historia.

Calificación: 9, 75.

 

 

 

 

3 opiniones en “La última película (The last picture show, Peter Bogdanovich, 1971)”

  1. Pingback: Anónimo
  2. Magnífica crítica de la película, como siempre.

    Me gusta mucho lo que dices del personaje de Leachman, es totalmente cierto ese cambio que se aprecia en ella. Y también lo especial de la relación de Sam con todos los del pueblo, no sólo con los chicos. Yo creo que Sam era lo que los mantenía unidos. Una vez que Sam desaparece, ellos se separan.

    Es una película de la que se podríd debatir largo y tendido.

    Un saludo 🙂

    1. Lo primero de todo, gracias por participar, Campanilla. Sobre todo, porque se lo que amas el cine, y particularmente, esta maravillosa película, con la que compartimos muchas opiniones y sensibilidades. 🙂
      Lo que comentas es cierto. Pasa en las familias, que hay siempre un elemento (casi siempre la madre o esposa) que lleva las riendas de la casa. Cuando lastimosamente desaparece, es inevitable un deterioro en ese hogar.
      Aquí lo curioso es que Sam, como digo en la entrada, influyó en hombres y mujeres del pueblo. Era todo un “personaje”. Parecía que llevara las riendas de ese pueblo, con esa personalidad tan arrolladora e influyente.

      Puestos ya a comentar, me parece genial el empleo de la fotografía en blanco y negro. Me encantan aquellos films de principios de los 50 y en esta película se refleja muy bien aquella época. En color se hubiera cargado de un plumazo muchos de los sentimientos que desprende el film: nostalgia, amargura, soledad, fin de una época, etc….

      Repito, gracias por participar. Y vuelve más a menudo, granuja 🙂
      Otro saludo para ti, guapa. 🙂

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