El tercer hombre (The third man, Carol Reed, 1949)

En 1949, el británico Carol Reed estrenaba El tercer hombre, la última de la terna de películas (junto a Larga es la noche y El ídolo caído) consideradas las más importantes de su filmografía.

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Aunque en 1968 fue reconocida su labor en la dirección del musical Oliver! con un Premio de la Academia, en realidad en su Gran Bretaña natal ya era altamente considerado desde hacía años. Concretamente, en 1953 fue nombrado caballero por la recién llegada al trono, la Reina Elizabeth II. Era el segundo cineasta británico en alcanzar tal distinción, tras Sir Alexander Korda, a la sazón, productor de El tercer hombre y de otras obras de Carol Reed.

Tanto Reed como Korda se encargaron de la producción del film. A estos nombres, se le unió el de un David O. Selznick, otrora joven prodigio de Hollywood (productor de Lo que el viento se llevó o Rebecca), y ahora, casi en decadencia, que en 1948, acababa de firmar un acuerdo con Korda, para co-producir películas. No aportó nada destacable a esta obra maestra.

El famoso escritor Graham Greene (tantas veces llevado al cine) se encargó del guión. Previamente, había escrito un borrador de la historia, aún por pulir. Fue después de guionizar el film, que acabó lanzando la novela El tercer hombre.

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La película, considerada décadas más tarde, como la mejor expresión del film noir británico, nos cuenta la historia de un mediocre escritor norteamericano de novelas de western, Holly Martins, que llega a la Viena inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, interesado en una oferta de trabajo realizada por su amigo de la niñez, Harry Lime.

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Tan pronto como llega a la capital austriaca, tomada por las fuerzas internacionales (Rusia, Gran Bretaña, Francia y EEUU), se entera de que Harry ha muerto atropellado en la puerta de su casa.

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Asiste a su funeral, y allí, en el cementerio de la capital ve a varios hombres cuya identidad desconoce, así como a una guapa y misteriosa mujer morena.

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Uno de esos desconocidos, el Mayor Calloway, de las Fuerzas Británicas le viene a decir que Harry, su amigo, no era de fiar y que se alegra de su desaparición.

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Holly, enojado, decide, como en sus novelas, investigar el caso (en vista de la poca colaboración encontrada en las autoridades).

A medida que va conociendo a más personas del círculo próximo a Harry, más sospechas le asaltan sobre las circunstancias del accidente. Un austriaco que se hace llamar “Barón” Kurtz; un orondo tipo con bigote, Popescu; el doctor de Harry, un tal Winkle, o el mismo portero de la casa donde residía el fallecido, un señor mayor, llamado Karl irán aportándoles datos sobre el misterioso infortunio.

También se encontrará con la novia de Harry, aquella hermosa morena del cementerio, de nombre Anna Schmidt, que es actriz de teatro.  Se unirán en la búsqueda de la verdad y acabará enamorándose de ella.

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Unas vueltas de tuerca magistrales a la historia, les abrirán los ojos a la realidad: ni las personas ni la ciudad son como parecen; debajo de ellas hay todo un submundo oscuro y miserable, dispuesto a salpicarles en sus propios rostros.

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Enumeremos el exquisito elenco, puesto al servicio de la historia:

Joseph Cotten es Holly, el novelista americano que llega a otro país, totalmente ajeno a la realidad que se vive. Sus ojos son los nuestros. Vamos recomponiendo el puzzle al mismo tiempo que él, sentimos su miedo, su ira, su desconcierto, y también nos enamoramos. Con este film, el de Virginia completaba la mejor década de toda su filmografía (Ciudadano Kane, El cuarto mandamiento, La sombra de una duda…). Su sola presencia en pantalla y el menor de sus gestos, elevan la categoría de cualquier film (y aquí aún más, dada la enorme calidad del resto del elenco y lo exquisito de la parte técnica).

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Alida Valli interpreta a la guapísima Anna Schmidt. De todos los personajes, parece la única sincera respecto a sus sentimientos, no solo frente a Harry, sino también con Holly. Además de contar con una belleza que quita el respiro, responsable de unos primeros planos fantásticos, su actuación fue soberbia. La italiana, con cada gesto, ninguno de ellos gratuíto o exagerado, da una lección de expresión de sentimientos que, realmente, llegan a conmover. Una verdadera lástima que en Hollywood no se le sacara mayor provecho.

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Orson Welles interpreta a Harry Lime. Desaparecido o no, es el protagonista indiscutible del film, y no el mero mcguffin de la trama. Al igual que Laura, en el soberbio film noir de Preminger, acabará apoderándose de la historia y de cada plano en que aparece. Su imagen irá desvirtuándose a medida que sabemos más de sus “hazañas”, pero el sinsentido es que, sin compartirlas, llegamos a comprender sus motivaciones. Sus momentos en la noria gigante  o en el Viena más desconocido han quedado en la retina de todo espectador para siempre. La pena, para él, fue que no aceptara un porcentaje de las ganancias del film (prefirió una cantidad pactada inicialmente); la pena nuestra es que (sin desmerecer su categoría como director) no tuviese una amplia carrera interpretativa, como hubiese correspondido a un actor de su elevada clase.

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Trevor Howard está fantástico como el Mayor Calloway. Como su personaje en este film (y otros de su gran filmografía), ofrece todos los elementos reconocibles del perfecto inglés: flema, pragmatismo, sequedad, calidez…y todo con las mínimas expresiones posibles. Mucha verdad hay en su trabajo.

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El resto del reparto engrandecen superlativamente la pantalla, en los pocos momentos en que se les puede ver:

Wilfrid Hyde-White, como Crabbin, el responsable del Departamento cultural de las Fuerzas Británicas. Es quien hace que Holly permanezca en Viena (y por ello, aclare el asunto), confundiéndolo con un escritor de prestigio. El momento de la charla ante una aburrida audiencia es soberbio por chocante, ya que mezcla perfectamente, el esperpento con la tensión y el drama subyacente. Estamos ante un antecedente magistral de la famosa escena de la subasta de obras de arte en Con la muerte en los talones, unos diez años después. Pasó a la historia por el papel de colega de Rex Harrison, en My fair lady.

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Eric Ponto es el Doctor Winkle. Está fantástico este actor alemán encarnando al facultativo que sabe más de lo que aparenta y cuyo rostro, gélido, inexpresivo, lo dice todo con sus ojos.

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Los dos amigos de Harry, tanto el Barón Kurtz, personaje menudo, de rostro inquisitivo y totalmente embaucador (interpretado magníficamente por el austriaco Ernst Deutsch),

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o el gordo Popescu, un tipo aparentemente afable (encarnado por el también local Siegfried Breuer)

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aportarán momentos de verdadero desconcierto en esta trama llena de luces y sombras.

Otro actor del lugar, que aparece magnífico, es Paul Horbiger. Es Karl, el portero del bloque donde tiene lugar el accidente. Ha visto más de lo que hubiese deseado, y esa es su desdicha. Desborda mucha verdad en su actuación: nobleza, bien mezclada con un genio terrible.

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Su escena de trifulca con Holly, en presencia del niño, es clave en el film.

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El resto de actores, incluso los que simplemente, “observan” (porque El tercer hombre nos ofrece una Viena donde se sabe más de lo que se cuenta) son difícilmente superables.

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En el aspecto técnico, las localizaciones de Viena son geniales, al igual que los sets. Ofrecen una fantástica mezcla del lujo propio de otras épocas de mayor esplendor con las consecuencias desastrosas del recién acabado conflicto armado. Esto se traduce en edificios con espléndidas fachadas y nada dentro, o bien con habitaciones medio ruinosas, recargadas de objetos de gran valor y suntuosidad.

El rostro que nos ofrece la ciudad es una metáfora de las gentes que la habitan. La presencia de edificios en pie, que resisten frente a otros, donde sólo quedan escombros, o la existencia de unos cuantos que sobreviven (incluso, a costa de sus escrúpulos o su humanidad) en medio de una miseria generalizada y permanente.

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La magnífica fotografía en blanco y negro de Robert Krasker (ganadora del Premio de la Academia) es esclarecedora, en este sentido. Muy pocas veces, las luces y las sombras han estado en mejor comunión, que en este film. Las calles de adoquines mojados (expresamente, al parecer, para remarcar las luces) de una Viena nocturna que oculta mucho más de lo que nos ofrece. Una Viena que tiene dos caras, como la mayoría de las personas que la habitan.

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La recordada melodía (y música en general) de la cítara del austriaco Anton Karas, músico “callejero” al que Reed conoció, cuando buscaba localizaciones por Viena. Aceptó la propuesta del director británico de crear un sonido, distinto al usual y trillado vals, pero que fuera igualmente identificativo de la capital austriaca. La más famosa por exitosa, fue la pieza conocida como The Third Man Theme, aunque propiamente, su nombre sea The Harry Lime Theme. Alcanzó el número 1 en las listas de singles en EEUU (durante 11 semanas, entre mayo y principios de julio de 1950) e hizo que Karas pasara del anonimato a actuar ante reyes y emperadores por todos los confines del planeta.

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Suena con insistencia en casi todo el film, poniendo énfasis en los momentos de tensión o claves en el diálogo entre personajes. Queda en el recuerdo, sobre todo, en los créditos iniciales, donde las letras con los nombres de los actores y demás, aparecen impresas sobre un fondo con la imagen de las cuerdas de la cítara “en acción”.

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Igualmente, en la famosa escena de la gran noria en Viena (la visitada por todo turista,  Wiener Riesenrad), de Cotten y Welles.

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El montaje de Oswald Hafenrichter (nominado en la edición de 1950 de los Premios de la Academia) aporta el sabor perfecto, mezcla del expresionismo de la propia fotografía y la historia de los personajes, con el realismo de los distintos lugares después de la guerra. Se notaba su bagaje en films alemanes e italianos. El resultado de recomponer todas las piezas del puzzle, de un modo tan inteligente, nos deja sin palabras.

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No se le puede exigir más a una película donde sobresale la dirección (nominada al Premio de la Academia), el guión, las actuaciones (tanto en inglés como en el idioma alemán, lo que incrementa la sensación de desorientación y desasosiego del protagonista  y del espectador)  y los elementos técnicos, y nos ofrecen imágenes (como la de la fotografía, del final de la historia) y diálogos (como el famoso del “reloj de cuco”, al parecer, cosecha del propio Welles) para la posteridad.

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En definitiva, una obra maestra (merecedora de la Palma de Oro, en la 3ª edición del  Festival de Cannes) que aporta elementos tan distintos como el romanticismo, el drama, la tensión e, incluso, dosis de ironía, capaces de “resucitar a un muerto”.

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Calificación: 10.

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